Carta de solidaridad a la Comunidad Rumana en Italia
Cuando el miedo se convierte en obsesión
A todos los hermanos rumanos, la más numerosa comunidad de inmigrantes en Italia, y a los que son estigmatizados como causa de la inseguridad de Italia, queremos renovar públicamente nuestra solidaridad e cercanía de Congregación Misionera comprometida en vivir diariamente la invitación de su fundador, Mons. Scalabrini, que decía: “Creo que el primer deber de la Iglesia es el de cuidar para que los emigrantes (no importando su país de procedencia) no sean reducidos a la decepción y a la desesperación sin la ayuda y el sostén amigable, sin el compromiso de todas las confesiones religiosas en la obra de inserción en el país de destino”.
Después del asesinato de Giovanna Reggiana por parte de un vuestro compatriota en Roma, muchas voces enfurecidas y desconcertantes de políticos, de gente común y, a veces, de “gente de iglesia” se levantaron para pedir el bloqueo de los flujos migratorios hacia Italia.
Muchos han gritado que no se debe dar espacio en Italia para quien vive robando, violando y matando. Muchos han repetido que las ciudades italianas se convirtieron en meta de demasiados extranjeros que sin ningún control vienen del Este de Europa. Y muchos han aceptado el hecho de que frente a la invasión por parte de una humanidad fea, sucia y mala se hace necesario dejar de ser “buenistas” (como si fuera mejor ser “malos”), se debe cesar (sobretodo para aquellos sacerdotes que “sueñan” la convivencia) de predicar la acogida y la tolerancia, se hace necesario parar de buscar el diálogo con quien es distinto, hay que defenderse, reprimir a los “agresores” y expulsar a los rumanos (casi nadie se detiene a precisar los términos de estas afirmaciones y se olvida que una mujer Rom que se acostó sobre el asfalto delante de un bus para denunciar a su compatriota que asesinó a Giovanna Reggiani, también si tal “legítima defensa” puede desencadenar una verdadera caza al hombre (no importa se hizo nada, pero debe pagar por su etnia) como pasó vergonzosamente en el barrio romano de Tor Bella Monaca.
Estas reacciones viscerales, alimentadas por políticos que buscan consensos fáciles, tienen como pseudo-fundamento la idea que los italianos están en guerra porque agredidos continuamente por los irregulares… inmigrantes… refugiados… extranjeros… que son todos criminales. Es la victoria de la confusión y de la demagogia que, en tiempos de crisis, hacen muchos secuaces. Se proponen entonces fáciles subterfugios para solucionar todo y luego: destruyamos los campamentos Rom, expulsemos los rumanos (y ¿quien después de ellos?), cerremos las fronteras (pero, ¿la Rumania no es ya parte de la Unión Europea?), encerrémonos en nosotros mismos y no tendremos más miedo… Se trata de ilusiones vendidas a poco precio porque la realidad dice que la inmigración no será frenada y que Europa necesita de la migración. Quien habla de inmigración como “mal evitable” se equivoca dos veces: porque no es evitable, y por qué en sí no es un mal. Cierto que se hace necesario controlar y regular mejor los flujos migratorios, garantizar la seguridad de todos los ciudadanos, poniendo en práctica la Carta de los Valores, de la Ciudadanía y de la Integración, pero no se puede hacerlo acusando a-críticamente a comunidades enteras (Rom, Rumanos, Albaneses) por el delito de algunos.
Ya en el lejano 1898 Mons. Scalabrini estigmatizaba las reacciones racistas que se manifestaron contra los inmigrantes italianos por el delito perpetrado por un anárquico italiano: “Otro sentimiento me movió a hablarles de nuestra emigración, un sentimiento formado de piedad y de indignación. El nefasto delito, perpetrado sobre una victima inocente por parte de un sin patria crecido en Italia, dio el pretexto en varios países a amenazas y persecuciones, a cazas al italiano, por parte de grupúsculos embriagados de odio racial y subyacentes iras contra trabajadores concurrentes, más hábiles y más apreciados. Es conveniente saber que nuestros compatriotas, obligados a vivir entre peligros, que el ojo de la patria los acompaña, los reconoce, en la gran mayoría, buenos y operantes, que los aprecia y los ama como parte viva de sí y que no los confunde con pocos delincuentes que se anidan entre ellos como serpientes entre las flores” .
Y, en 1901, escribiendo al Papa León XIII, después de un viaje a Estados Unidos, el mismo Scalabrini relevaba que pocos se dan cuenta “que la inmigración es un recurso extraordinario, un grande regalo para un país… La ven como un problema de caridad. Es necesario convertirla en la percepción de un hecho conveniente, para después obtener condiciones convenientes, es decir humanas”.
Siempre con las palabras de Scalabrini, las legislaciones de los países de inmigración son “más propensas a considerar el gran fenómeno cósmico y humano de la emigración como un hecho anormal, más que un derecho natural, y lo circundan de tantos estigmas que casi lo confiscan… Ora, la experiencia ha demostrado que las medidas de la policía no detienen, sino desvían de nuestros puertos a otros las masas migratorias, convirtiendo así más doloroso y más caro el éxodo de nuestros compatriotas. Los obstáculos artificiales no detienen las corrientes, sino las hacen refulgir, aumentando y convirtiendo más destruidor su ímpetu…”
También y sobretodo en la actualidad, en nuestras medrosas sociedades pluri-étnicas y pluri-culturales, en nuestras ciudades de la Unión Europea, los extranjeros deben ser vistos no como problemas, sino como recursos a ser valorizados. Y por ese motivo no se insistirá nunca demasiado sobre la necesidad de educar hacia la relación, al encuentro, al vivir juntos… sin nunca cansarse de seguir explicando la complejidad del fenómeno migratorio y a denunciar las fáciles generalizaciones y las dañosas estigmatizaciones.
Roma, 07 de Noviembre de 2007
Por los Misioneros de San Carlos– Scalabrinianos
Lorenzo Prencipe (CSER – Roma)
Juan Bautista Scalabrini, L’Italia all’estero. Seconda conferenza sulla emigrazione tenuta in Torino per l’Esposizione di Arte Sacra, 1898.
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